Las almas que reinan en la Fortaleza de San Carlos

Por Édgar Ávila Pérez

Perote, Ver.-El crujir del piso resonando en la inmensidad, acompaña las figuras fantasmagóricas que habitan la construcción de paredes inalcanzables que se erige portentosa en las faldas del Cofre de Perote, la octava montaña más alta de México.

Los cuerpos de hombres y mujeres, quienes aparecen de la nada y se desvanecen en la bruma, lloran desconsolados con gemidos que retumban en los cuartos abandonados, otros se quejan amargamente y unos más ríen por los pasillos de la edificación construida entre 1770 y 1776.

“En las noches y el día se sienten… hablan y se hacen presentes”, cuenta Don Alfredo García Guerrero, un hombre entrado en años que logra caminar – con un bastón maltrecho de madera- por la Fortaleza de San Carlos, el recinto que debe cuidar de los “enemigos”.

Las puertas que se cierran con la fuerza que solo tendría un ente físico y el caminar de seres por los bastiones, cañoneras, almenas, torres y fosos son las imágenes cotidianas del velador, quien siente al antiguo lugar como su hogar infantil en esta región de Perote.

La Fortaleza de San Carlos, construida como parte del plan de defensa y almacenamiento de víveres ante los ataques continuos de los piratas ingleses, fue el antiguo Colegio Militar de México y durante décadas una de las prisiones más temidas de Veracruz.

En la penitenciaria, el padre de Don Alfredo fue uno de los custodios. La familia entera (padre, madre, dos niñas y él) recorrieron jugando los cuatro baluartes llamados San Carlos, San Antonio, San Julián y San José, mudos testigos de la muerte de Guadalupe Victoria, quien luchó por la independencia de México y luego fue electo primer presidente del México independiente.

Foto: Identidad Veracruz

“Yo crecí en ese ambiente y les hablo en ese idioma que ellos entienden… no se les puede hablar de Dios porque crece más la presencia de ellos, hay que hablarles con un tipo grotesco, es la manera que ellos entienden”, afirma.

El recinto -donde fueron concentrados alemanes, italianos y japoneses una vez que México entró en la Segunda Guerra Mundial- luce vacío, silencioso, sólo con algunas áreas rehabilitadas… sigue en el olvido ese ambicioso proyecto anunciado hace más de diez años para rehabilitarlo al cien por ciento y convertirlo en museo.

“Está construido con la mezcla de hace 246 años… todo está pegado -según la historia- con cal de piedra, baba de nopal y huevos de avestruz”, describe. La edificación ha resistido temblores y potentes vientos.

En la fortificación murió el ex presidente Antonio López de Santa Anna, el cual dirigió los ejércitos mexicanos que defendieron al país de la invasión extranjera cuando Texas se separa de México. En los paredones, fusilaron a docenas de personas.

“Lo siento como mi casa, porque viví aquí muchísimos años, con mi papá, mamá y mis dos hermanas. A este lugar le guardamos un cariño sentimental”, afirma el cuidador que hoy tiene una nueva familia, esa que apaga las velas hasta en tres ocasiones o que “camina”  en los alrededores del árbol que creció en el acceso de la fortaleza.

“En ocasiones más tarde las veo, si fueran vivos”, dice y se queda sentado inmóvil viendo la montaña…

 

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